El ingeniero que decidió ser pintor

March 27, 2013
alerios

Mi amiga July Jimenez me reenvió hoy este mensaje de una cadena de correo que nos llegó en el año 2004. Ha pasado el tiempo y solo ahora que lo vuelvo a leer caigo en cuenta de la gran influencia que ha tenido en mí.

El ingeniero que decidió ser pintor
        por Rubén Martín de Lucas

(Este texto fue escrito, en un principio, para los estudiantes de la ETSI de Caminos, Canales y Puertos de Madrid)

Hace un momento, mientras comía y oía caer la lluvia desde el ático donde ahora vivo, he sentido que debía escribir esto. No sé muy bien como empezar pero sí se lo que quiero deciros.

Quiero deciros que todo es posible. Que si tenéis sueños no renunciéis a ellos. Perseguidlos. Porque no hay mayor verdad que aquello de que el que busca encuentra. La experiencia me lo ha dicho.

Igual que vosotros, yo estuve allí, o aquí, según se mire. Estudié y acabé la larga carrera de ingeniero de caminos. Sufrí como vosotros entre esas paredes, en ese edificio gris y hostil que te aprisiona el alma, que te roba el aire, el tiempo, la vida. Pené por las aulas y pasillos de la ETSI de Caminos, Cc. y Pp. de Madrid y por eso sé lo que se siente. He sentido como vosotros esa angustia, ese agobio, esa sensación de tener algo que te oprime y no te deja respirar, ese peso colgado del cuello que hace que pocas veces ya levantes la cabeza al cielo para mirar las nubes. Dime, como está el cielo hoy. ¿Te fijaste a la que venías?

Cuantas veces la carrera me privó del aire libre. Cuantos días de cielo azul me robaste, de cuantos ratos con los amigos, con mi Colectivo Caléxico, no pude disfrutar, cuantos momentos que nunca llegaron porque tú, dichosa carrera, te alimentabas de mi tiempo. Cuantos viajes no pude hacer. Cuantos graffitis no pinté. Cuantas experiencias, cuanta sangre, cuanta vida me quitaste? Cuantas vueltas le di a todo eso.

Acabé la carrera. La acabé primero porque la había empezado, y segundo para tener un colchón. Por si acaso un día me hacía falta un colchón donde caerme cuando me venciera el cansancio por buscarme la vida de cualquier modo y manera, pero sin hacerme esclavo de nada. Decidí no ser ingeniero. No al menos hasta rastrear todos los huecos del sistema donde uno puede refugiarse sin formar parte de él? Hay personas que no encajan en ningún molde de los que esta sociedad nos tiene preparados.

No podía ser ingeniero. Los años de carrera, el título, el entorno, la inercia de los compañeros y conocidos que empiezan a trabajar, todo me empujaba a ejercer dicha profesión. Sólo mi corazón se negaba. Era un rumor, el de mi corazón, apenas audible entre el bullicio y el rechinar del sistema, quién me decía que mi camino iba por otra parte. Decidí escuchar mi corazón. Aprendí a seguirle.

Al acabar la carrera me fui con Ana, mi novia, a la India. Me fui porque sentía que debía hacerlo. Nunca tuve apenas dinero, pero gracias a los dos premios Hilti que gané, ¿lo quiso así el destino?, tenía dinero suficiente para comprarme un coche o para dar la vuelta al mundo. Decidí marchar a la India porque mi corazón me lo pedía. Estuvimos juntos allí un mes. Luego Ana tuvo que volver y yo me quedé por allí, vagando, yendo donde sentía que tenía que ir sin nada más que una mochila.

Que dulce sensación saberte libre. ¿Donde voy hoy?. Me chupo el dedo lo levanto y me dejo llevar por el viento, por el destino. Que maravillosos segundos esos primeros del día cuando despiertas y tu mente se sacude la neblina. Cuando viajas mucho, al despertarte, no sabes donde estás, ni en que ciudad, ni en que país, ni si estás en casa o en un hotelucho. Luego la mente y la memoria se desperezan y te sitúan. Si te pica el ?travel bug?, así lo llaman, no vuelves a ser el mismo. Recuerdo mis despertares durante el viaje por India. Recuerdo despertar con el ruido de los monos corriendo y peleando en los tejados en Shimla, recuerdo despertar con los cuervos que poblaban la costa de Goa, con las campanas del cercano templo hindú de Varanasi, con las voces amplificadas de mezquita colindante con mi hotel de Kochi, con el ruido de los autorickshaws y el tumulto, con el eterno y machacante ?Chai, chai, chai? de los vendedores de té en los trenes, con los rebuznos de los burros en Nako (pueblo perdido del Himalaya) o con el dulcísimo sonido de las trompetas tibetanas a las cinco de la mañana en Daramsala. Saboreé la libertad. Y decidí que nunca en la vida me impondría estúpidas cadenas que la restrinjan y limiten.

Hemos sido educados, condicionados, para pasar a formar parte de este sistema. Para engrosar sus filas de trabajadores que lo mantienen a flote. La inercia de la corriente te empuja a hacer una vida ?normal?. Hemos sido educados, formados, pero también engañados. Nos han hecho creer que nuestro objetivo es la prosperidad. Y así nos pasamos la vida sin mirar al cielo, estudiando primero, trabajando después, para prosperar. Un coche, un piso, el cole de los niños, ropa nueva, tele nueva? y siempre nos ponen delante algo nuevo que no hemos adquirido aún, para mantenernos currando, trabajando para mantener a flote un sistema que está podrido. Podrido porque busca la prosperidad económica y no la felicidad de los seres humanos que lo integran. Hemos sido educados para desear. Otro engaño. Cuantos más deseos tengas más infeliz serás. Bien porque los deseos queden insatisfechos o bien porque cuando quedan satisfechos no es la felicidad lo que surge sino cinco deseos más que te piden ser satisfechos. Que liberador es descubrir este engaño y empezar a eliminar deseos. ¿Éste? Superfluo, fuera. ¿Este otro? También innecesario, fuera.

Y que llegue un día y poder decir: No quiero nada que no quepa en una mochila? y poder decirlo con el corazón y que sea verdad tanto metafórica como literalmente. Me siento tan identificado con esa frase que podría ser mi epitafio: ?no deseo nada que no quepa en una mochila?, que buena. Pero ni quiero lápida, ni tumba donde ser enterrado. Si por mí fuera al morir quisiera ser enterrado al estilo tibetano, entregando mi cuerpo a los buitres, para que así mi ya cáscara inservible pase más rápido a la naturaleza. Pero tal vez esto podría producir un shock a mis familiares, y sólo quiero su bien.

Y he ahí de nuevo otro engaño. Nos han enseñado a vivir sin pensar en la muerte. Siendo ésta algo natural que acaece a todo el mundo, ya que el que un día vive, otro día ha de morir. Pero nos han condicionado para no pensar en ella. Para mantenerla alejada de nuestras preocupaciones cotidianas. Y sin embargo es algo que da sentido a muchas cosas y que se lo arrebata a muchas más. Por ejemplo: que sentido tiene acaparar bienes materiales si un día morirás y no te los podrás llevar al otro lado, si es que lo hay. Pero no hacemos caso. Seguimos acaparando bienes materiales y anteponiendo esta búsqueda material a la búsqueda de la felicidad. Y un día la muerte nos sorprende, Zás. Y toda una vida echada al retrete. Una vida de mierda que te pasaste currando como un condenado sin mirar el cielo, aplazando tu felicidad para más adelante, y de repente Zás, adiós, la muerte te pega con la guadaña sin que te dé tiempo a quejarte porque llevas años currando sin levantar cabeza ni a decir que todavía no has podido disfrutar de la vida y que necesitas unos años más. Nada. La muerte golpea y no tienes opción de réplica.

Más sabio es aprender a pensar en la muerte. Todos los días. Tenerla como algo cotidiano que un día llegará, te cogerá la mano y no dejará que te escapes. Aprende a tenerla entre tus pensamientos cotidianos. Y sin que te des cuenta estarás disfrutando del hoy. De cada momento. Sin aplazar la felicidad para más adelante. Porque si empiezas a aplazarla nunca llega.

Muchas son las cosas que no te enseñan en la escuela. Que están ahí fuera, esperando a que levantes la cabeza del suelo.

Volví de mi viaje por India y Sri Lanka a los 4 meses. Y volví tan pronto por mi amor hacia Ana y hacia mi Familia. Esos son los únicos lazos que admito que me aten, los sentimentales. De no ser por ellos tal vez todavía andaría por allí, rodando por el mundo con una mochila o descalzo como un shadu con una túnica y un bol por equipaje. Admiro a los shadus, monjes mendicantes y ermitaños. Los ejecutivos adinerados me dan lástima. Vosotros contáis sus riquezas y no entendéis mis palabras. Pero contad sus cadenas y el peso que les aflige.

Un día sentí que debía ir a la India, y aprendí mucho sobre la vida. Estando allí un día sentí que debía ir a Daramsala, y el día de mi 25 cumpleaños di la mano a la persona que más admiro en el mundo, que es, aún sin ser yo budista, el Dalai Lama. Sentí que debía ser pintor y hoy sobrevivo con la pintura, pagando mi ático de alquiler con vistas a Segovia, cubriendo la comida y los gastos de la vida. Feliz como pocos. Y no me ofrezcáis un sueldo que no lo quiero. Ni un coche, ni una casa porque si mañana decido irme no me caben en la mochila. Hoy mientras comía y oía llover he sentido que debía escribir esto. He dejado los cacharros sin fregar, a los pájaros sin las migas de mi mantel y un cuadro sin terminar y me he puesto a escribirlo sólo porque sentía que debía hacerlo. Ahora mi vida es así. Se rige por los dictados de mi corazón y la dirección del viento, del destino, que siento en mi dedo húmedo cuando lo levanto.

El otro día leí un artículo en el correOcaminos, un poema que alguien me dedicó. Se me pusieron los pelos de punta. Pero no creo ser merecedor de halagos. Quiero dejar claro que no soy ningún héroe, ni superhombre ni alguien especial. Nada de eso. Soy alguien normal. Uno más. El 18761. Sólo he renunciado a ser ingeniero.

Lo que la vida me depara no lo sé, ni lo quiero saber porque le quitaría la gracia. Tal vez la muerte me sorprenda esta noche y me dé su abrazo -Hola Rubén, hoy te toca a ti-, – Hola Muerte, vámonos-. O tal vez mi función en la vida sea la de sensibilizar a una sociedad mecanizada llena de autómatas que no se paran a mirar el cielo ni a disfrutar de la vida. Nunca se sabe y eso es lo mejor de todo. Un poema me movió a escribir esto. Gracias Ln!s.  Ahora tal vez esto mueva a alguien para que emprenda su camino hacia la
felicidad. Así sea.

Un abrazo. Se despide, hoy con todos los nombres, el que solamente es uno más

Rubén Martín de Lucas

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  • Anonymous

    Hola Ruben
    me gustó mucho tu reflexión sobre la vida y el camino auténtico.
    Desde Mexico un saludo acompañado de mis mejores deseos para ti y tu familia.

  • http://www.blogger.com/profile/09259720293913898509 Dewins Murillo

    yo tambien estoy en esas http://expresionoleo.blogspot.com/

  • Anonymous

    Hola Ruben
    Siempre es un placer escuchar gente que haya abierto los ojos y que comparta su experiencia con los demás. Entiendo cada palabra que dices, actualmente estudio ingenieria en mecatronica, pero no termina de convencer mis espectativas, ya que a pesar de que es una muy buena carrera, yo traigo una educación humanística, misma que la he obtenido gracias a amigos que han llegado a mi vida y por ser autodidacta en ese sentido… Siempre he querido ser un artista pero combinado con ingeniero, casi no hay personas así, o son muy calculadoras o son muy expresivas…, yo estoy en el punto medio, quiero hacer eco-arte, land-art y me encontraba buscando si habia alguien que hubiese estudiado ingenieria y arte a la vez, y apareció tu sitio web. Mucho gusto, sigue esparciendo tu mensaje…

  • Jonathan Arias S

    Esa es la verdadera vida… debería seguirla, primero acabo mi carrera nomás por si acaso jaja
    pero tiene razón el autor: la muerte nos sorprenderá y hay que empezar a vivir hoy mismo.