Don Peñita

November 14, 2016
alerios

Manuel Antonio “Don Peñita” Peña Salamanca

En memoria de mi Abuelo

abuelo

Nieto de Eulogio Peña y María de los Ángeles Becerra, por un lado, y Abel Salamanca y Celedonia Ojeda, por el otro; el hijo de Manuel Salvador Peña Becerra y Ana Saturia Salamanca Bermúdez, nació en Bogotá, el 26 de Septiembre de 1921, empezó a trabajar desde los siete años en el depósito “El Prado”, propiedad de su padre, ubicado en la carrera 17 con 72,  donde vendían carbón, leña y materiales de construcción, y donde, en circunstancias desconocidas, a los 10 años queda huérfano junto a su hermana Saturia, viniendo a quedar bajo la tutela de uno de sus tíos. tarjeta-bisabuelo-manuel

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Manuel trabajó toda su vida, primero ayudando a su tio vendiendo paños y hasta pintando fachadas de casas y edificios, y en cuanto pudo “largar pantalón”, pudo obtener un empleo en Calzado Corona. En esos años Manuel aprendió a llevar las cuentas de un negocio, a preparar las pinturas para rendirlas sin dañar su calidad, y también aprendió cómo un buen producto es el mejor gancho para tener clientes fieles y contentos.

Con los ahorros de varios años, Manuel pudo por fin tener un plante para volverse comerciante y empezó a viajar a vender mercancía por diferentes pueblos. Conoció a su amigo Duarte, con el que recorrieron medio país, a veces en chiva, a veces en mula, a veces navegando por el río magdalena, llegaron incluso hasta venezuela, de donde siempre recordaba: “Allá se pueden dejar los carros con las puertas abiertas y las maletas adentro, y nadie se las roba!”.

En sus años mozos, Manuel vive el Bogotá de una época dorada, el Bogotá de bella arquitectura republicana, del tranvía, de los cafés y cigarrerías, del CAmisa, CHAqueta y COrbata. Pero el asesinato del caudillo liberal Gaitán – el Bogotazo del 9 de abril de 1948 – cambió la vida de Manuel, de la ciudad y de todo el país para siempre. manuel-pena

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Manuel decide radicarse más al sur, prueba suerte montando una tienda en Cali y viaja con frecuencia a Bogotá a traer mercancía. Hacia el año 1950, durante uno de esos viajes de regreso, el bus hace una parada intempestiva entre Dos Quebradas y Pereira.  Una muchacha joven y muy bonita se sube al bus llorando, ni siquiera pregunta para dónde va, solo entrega el dinero pidiendo que la lleven y se sienta en el puesto vacío junto a Manuel.

Manuel se conmueve y le habla:

– Niña, ud tan bonita y llorando, se va a arrugar como una viejita.

La muchacha sonríe y se enjuaga un poco las lágrimas,

– Mucho gusto, mi nombre es Manuel, y ud ¿Cómo se llama señorita?

– Me llamo Edith

– Qué bonito nombre, ¡como la cantante francesa!

– Si a mi madre le gustaba Edith Piaf, ¿Para dónde va este bus, caballero?

– A Cali.

– ¿Y Cali es muy lejos?

– Lejísimos, todavía faltan como 10 horas por lo menos.

La muchacha esboza por primera vez una sonrisa:

– Muy bien, entre más lejos, mejor.

Edith Herrera Castaño se había fugado de la finca de su padre, había ya sufrido mucho con tan solo 15 años, no soportó la dureza del internado de monjas, la decepción de un mal matrimonio y un primer hijo apabullantes y el maltrato de su madrastra.  Por una extraña coincidencia, el destino quizá, Edith y Manuel se encuentran en ese bus. Manuel escucha su historia y le ofrece ayudarla en Cali, donde vive de arriendo en un casa de familia. A fuerza de detalles y caballerosidad, Manuel se gana el corazón de la joven, y empiezan una nueva familia, recibiendo a su primera hija, Luz Elcy, y luego a su hijo Manuel Alberto.

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Una noche de 1952, Manuel llega con Duarte a La Dorada – Caldas, un pueblo de mayoría conservadora, donde ya habían comerciado varias veces sin problemas, pero esta vez el ambiente del pueblo estaba tenso, es 8 de abril, la víspera del cuarto aniversario del asesinato de Gaitán, la violencia en Colombia está en escalada, y unos policías los reciben a la entrada:

– ¿Quién va?

– No disparen, somos comerciantes de Cali.

– No se muevan! documentos.

El policía a cargo les revisa los bolsillos y en la billetera le encuentra a Manuel un bono de cinco pesos de contribución al partido liberal, con la estampa de Gaitán. Inmediatamente sin mediar palabra los retienen y los llevan a un cuartel donde los golpean y Duarte le dice a Manuel: partido-liberal

– Socio, estos son pájaros, nos van a matar…

En eso llega otra persona, es una voz conocida, que pregunta con firmeza:

– Comandante, ¿Qué sucede aquí?

– Señor alcalde, atrapamos a estos chusmeros.

– No sea bestia, yo los conozco, este es Manuel Peña, yo hago negocios con él hace tiempo, es una persona honesta, ¡déjelos ir!

El alcalde les expide un salvoconducto y prosiguen su viaje a Honda, esperando no tener más problemas en el camino. Al llegar a salvo a casa, Manuel y Edith deciden ir a probar suerte más al sur, a la ciudad de Popayán. salvoconducto-abuelo

 

 

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Corre ya el año de 1953 en Popayán, Manuel conoce a su gran amigo y aliado, Don Severo Octavio Casas García, dueño del almacén “La Sorpresa”, que junto con “El Mil”, eran los dos comercios más grandes e importantes de la ciudad.

Manuel compraba la mercancía a Don Severo para irla a vender a Nátaga, La Plata, Balboa, Mercaderes y demás pueblos de Nariño, Cauca y Huila. En esa época los cacharreros salían en grupo a sus correrías. Un tal señor Medina los recogía a las 3 de la mañana en su chiva y los iba dejando uno a uno hasta donde la carretera lo permitía, luego debían seguir a lomo de mula, cargando varias cajas de madera llenas de herramientas, encajes, telas y todos los encargos que la gente de esos pueblos requerían de la ciudad.

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Ya ha empezado la década de 1960, Edith termina de rezar un rosario y está apunto de sentarse a la máquina de coser marca Cadis, quiere terminar a tiempo los vestidos para pasear siempre elegantes a sus cuatro hijos: Lucy, Manuel Alberto, Gladys y Mary, cuando de repente escucha que golpean la puerta. La casa queda en una esquina, frente a la iglesia de los hermanos maristas. Edith quita la tranca y piensa:

– “Serán los niños que vienen de jugar con su triciclo a la vuelta de la casa” – Si, a la orden, ¿quién es?

Abre la puerta y queda atónita…

– Buenas señora, le ofrezco estas telas de la más alta … ¿Edith?

– ¡Artemo! ¡hermano!

Nuevamente por una extraña coincidencia, el destino quizá, Edith y su familia se reencuentran luego de casi 10 años.  abuela-edith

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Es 1968, hace apenas cinco años Manuel y Edith habían logrado por fin el sueño de tener su casa propia en el barrio Pandiguando, donde luego nació la pequeña Luz Elena, la quinta de la familia, pero Edith empezó a sentirse mal y cayó enferma, empeorando rápidamente. Manuel se encontraba de viaje, pero el primer hijo de Edith, Gerardo Toro se encontraba en la ciudad.  Como siempre, cuando Manuel estaba de viaje, le dejaba encargada a su familia a Don Severo Casas, quién se encargó de los gastos de la cirugía,…  y los arreglos funerarios. Edith falleció, con tan solo 35 años, víctima de cáncer de útero, justo en la mañana del mismo día en que Manuel, ya entrada la noche, volvía a casa.

La hermana de Edith, Sor Josefa, le ofrece a Manuel quedarse al cuidado de las dos niñas más pequeñas: Mary Luz y Luz Elena, pero Manuel le dice: “Ni pensarlo, yo no quiero que mis hijas sean monjas”.

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Desde ese momento Manuel fue padre y madre para sus hijos. Como él nunca pudo terminar de estudiar por la necesidad de trabajar, quiere que sus hijos se superen, que lleguen a ser profesionales y les recuerda constantemente: “hay que estudiar, porque lo que uno estudia, nadie se lo puede robar ni quitar”.

Sus hijos se organizan para estudiar y se reparten las tareas del hogar. En vacaciones, Manuel Alberto acompaña a su padre en los viajes a los pueblos y se enamora también de los negocios. Sin embargo Manuel Antonio busca la oportunidad para dejar de viajar y abrir un almacén propio en la ciudad. Corría el año de 1973, cuando uno de sus amigos muere, el señor Matallana, la viuda le ofrece a Manuel ceder el contrato de un local en la plaza de mercado. Es un muy buen punto, con mucho crecimiento al sur de la ciudad, y Manuel aprovecha para empezar la “Cacharrería Peña”, se cierra el contrato por un valor de $7mil pesos m/cte, en dos cheques contados, más el valor del inventario inicial.

La gente de los pueblos donde antes viajaba empezó a preguntarse dónde estaba ahora “Don Peñita”, el que vendía productos de tan buena calidad y con tan buen servicio. Así que empezaron a viajar a la ciudad a comprar en la cacharrería y el negocio se mantuvo próspero, permitiendo a Manuel costear el estudio, ropa, libros y todo lo necesario para sus hijos.

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Durante mi infancia pasé mucho tiempo en la cacharrería de mi abuelo luego de las clases, allí aprendí de él el amor por el café tinto, “la vitamina”. Allí me leí un cerro de revistas de cómics de”Los Monos”, que venían con la edición dominical del diario “El Espectador” que mi abuelo vendía por kilos, ¡eran tantas que apiladas eran casi de mi tamaño!.

Mi abuelo también me regaló las primeras monedas que coleccioné, era como buscar un tesoro en medio de los cajones llenos de tornillos, clips y puntillas. Ahí encontré la más antigua de mi colección: una moneda de dos centavos y medio, acuñada en 1886 por “los Estados Unidos de Colombia”.

De mi abuelo también aprendí una lección que todavía trato de aplicar hoy en día: que uno puede ir al trabajo todos los días en bicicleta, y acomodar en la parrilla todo lo necesario, hasta los nietos. Él tenía siempre consigo un pañuelo, peineta, espejo, cortauñas, sus gafas y navaja, y cuando a uno le agarraba el afán, decía “como dijo Napoleón, vísteme despacio, que voy de prisa”.

También se forjó con él mi ADN emprendedor, con mis primos ayudábamos a hacer bolsas de papel regalo para los días de la madre y navidad. Sacabamos una mesa afuera de la cacharrería y ahí tratábamos incluso de vender cometas que hacíamos con unas guaduas que encontramos tiradas en la calle y que para nosotros era como oro que alguien había dejado ahí sin saber lo que desperdiciaba. “Nunca andes sin un peso en el bolsillo” – decía mi abuelo – “mía o ajena, pero que no me falte la moneda”.

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Mi abuelo no era muy amigo de las religiones, como decía: “esos curitas trabajan por la plata, como una profesión cualquiera”, por eso cuando falleció quise hacerle un homenaje más laico y recordarle a mi familia que él solo se nos adelantó en algo que nos espera a todos: la única certeza de la vida es que es finita y que la muerte nos puede llegar incluso este mismo día. Yo creo que mi abuelo lo sabía y por eso decía siempre: “El que siembre, cosecha”, y con su vida lo pudo demostrar con el ejemplo, Don Peñita sembró valores y grandes enseñanzas de trabajo duro, coraje y responsabilidad. Así que estamos todos agradecidos con la vida, porque en su vejez pudo cosechar todo el cariño y cuidados de sus hijos y nietos, y pudo lograr algo que quizá muy pocos alcancemos: conocer a sus bisnietos, dejar huella en generaciones de atestiguan su legado y que con orgullo llevan su nombre.

Honremos su memoria con nuestras acciones.

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Gracias Abuelo,

Alejandro

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  • Sandra Cata

    Muy bella y admirable historia de vida de don Manuel, gracias Alejito por compartirla. Un abrazo extensivo a toda la Familia. Att: Sandra Catamuscay Constain.