Cuando pase el temblor… de Popayán

May 24, 2008
alerios

Hoy, mayo 24 de 2008, la tierra tembló nuevamente bajo nuestros pies. Fueron segundos que parecieron minutos en los que a pesar del susto tuve tiempo para revolotear por el apartamento (ubicado en un quinto piso al norte de Bogotá), e increparme por la poca falta de prevención y de reacción con las que actué, ya que a pesar que escuchar que mis vecinos bajaron rápidamente las escaleras yo preferí quedarme junto a la puerta con una parsimonia que luego de un momento me pareció absurda.

Rápidamente, en cuanto sentí que el movimiento terminó, y estando aún nervioso, encendí la radio y sintonicé las noticias, pensando inmediatamente en que lo más grave había ocurrido en el centro del país por la fuerza con que lo sentí, pero siendo forzosamente transportado en mente y corazón a mi ciudad natal, Popayán, a la que tengo siempre asociada con esta clase de desastres.

El epicentro fue más cerca de Bogotá que de Popayán, y afortunadamente esta vez no fue tan grave como otros terremotos que hemos tenido ya en Colombia. Como dice mi novia (natural de Pereira), los del eje Cafetero de la década pasada fueron mucho más graves, y aún más grave el desastre de Armero de 1985. Sin embargo, toda la tarde estuve pensando en mi relación con los terremotos y el porqué me causan tanta impresión a pesar del control que es natural en mí en situaciones de peligro.

Quise comprobar la magnitud del terremoto de Popayán de 1983, y dí con un especial del diaro caleño El País, que me ayudó a repasar nuevamente el dramático episodio del 31 de marzo de aquél año, cuando yo contaba con tan sólo 10 meses de nacido. El especial cubre varios testimonios interesantes, que se unen a los que ya tantas veces me han contado familiares y amigos, y que – ahora caigo en cuenta de ello – son una de las causas por las cuales me ponen tan pensativo los terremotos.

Mis padres me cuentan que esa mañana de Jueves Santo mi mamá se dispuso muy temprano a ir de compras a la plaza de mercado de La Esmeralda, razón por la cuál ella y la empleada me habían sacado ya de mi cuna, y me estaban bañado en el patio interior cuando minutos después de pasadas las 8 am, la tierra bramó y levantó la casa sobre el suelo, tumbando luego con violencia las paredes sobre lo que antes habían sido cuartos, baños, cocinas y otras estancias, quedando mis protectoras en comunicación con los atónitos vecinos de las casas contiguas y cubriéndome fuertemente entre los pechos de las dos, abrazadas, mientras observaban como mi cuna se cubría de ladrillos. Hasta hoy, tomaba yo esta dramática experiencia vivida a tan corta edad como la que marcó el inicio inconsciente de mi relación con los terremotos.

Sin embargo, hoy estuve pensando que no fue tanto el terremoto lo que me marcó, como la época siguiente en que se llevó a cabo la reconstrucción de la ciudad. Durante toda mi infancia y mi adolescencia, la ciudad estuvo prácticamente en ruinas, y fue sólo hacia finales de los 90’s cuando el centro histórico tuvo forma de nuevo y dejó de verse como una colección de paredes quebradas, tristes y sin gracia.

Pienso ahora que es ésta la razón por la que es tan importante para mí un terremoto, porque está ligado al comienzo de mi vida, porque mientras mi vida, mi mundo y mi personalidad se iban edificando, la ciudad, mi entorno, y la vida de mis familiares y vecinos se re-construían a su vez. Todo esto, con el agravante de saber que Popayán es una ciudad de casi 500 años, una de las primeras desde la conquista, lo cuál le da un mérito adicional a su labor de reconstrucción, pues demuestra que a pesar de grandes tragedias, hay cosas que el espíritu humano desea conservar y mantener en pie para comunicar algo de su historia a la posteridad.

Pienso todo esto mientras sentado en mi cama tomo un café y escucho en youtube un aria del Réquiem en Do menor Op. 48 de Gabriel Fauré, que fuera interpretado de manera improvisada sobre las ruinas a las 3p.m. del mismo día de aquel terremoto por un grupo de invitados al Festival de Música Religiosa de Popayán, los cuales en un momento único de incomparable emotividad, ofrecieron sus voces como oración por los fallecidos en tan trágica jornada:

“Pie Jesu Domine, (Piadoso señor Jesús,)
dona eis requiem, (dales descanso,)
requiem sempiternam.” (descanso eterno.)

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    Yo creo que lo principal en uno de estos casos es conservar la calma. Por ejemplo, no creo que bajar las escaleras rápidamente sea aconsejable, generalmente el temblor se acaba antes de que uno llegue a la calle. Prefiero buscar una viga fuerte y esperar. En el terremoto del 99 en Pereira mucha gente tuvo que esperar en los pisos altos de los edificios de oficinas a que revisaran la estabilidad de las escaleras antes de poder bajar por ellas.